Ale Burset es uno de esos poquísimos soñadores que aún en estos cínicos tiempos se dan el lujo de seguir pensando que la luz al final del túnel no es un tren a toda velocidad hacia ti sino el halo de esperanza del que siempre nos hablaron nuestras abuelas, la luz con esa cualidad de inicio y fin, de madre de todas las cosas:

“Hágase la luz” y la luz se hizo y parió un sinfín de personajes que después de unos momentos la perdieron de vista sin siquiera necesitar que ésta desapareciese, camuflada por montones de cosas que descubre y que al final terminan por robarle nuestra atención. Esa es nuestra maldición, seguir buscándola sin saber que siempre ha estado ahí.

Y justo ese es el gran valor de hombres que como Ale (nuestro moderno Prometeo) se atreven a redescubrirla para nuestros ojos al tiempo que cuentan la historia de otros que bañados por ella se siguen debatiendo en la eterna necesidad de llenar su ansia de trascendencia. Personanjes que llenan las calles de nuestras ciudades y que son, a final de cuentas, un mucho tú y yo.

La idea de este libro nació en México, pero después de unas cuantas páginas descubrirás que sus verdaderos padres son lo incomplete y la lucha diaria de todos (mexicanos argentines o ninguno de los anteriores) por encontrar la luz.

Ojalá las imagines que estas por enfrentar sean para ti lo que son en verdad, segundos fragmentados armados hasta los dientes para abrir corazones, porque justo de ahí provienen, de un montón de pechos que posan a corazón abierto, y un gran, gran corazón con el diafragma abierto detrás de la cámara.

Sigue la luz Ale, sigue la luz.

Jorge López de la Paz